Un día, tú y yo, fuimos.



Algún día tú y yo seremos historia. Puede que una tan caótica como las guerras devastadoras, dejando hambre, incitando revolución, cobijando poemas de amor entre los huecos más remotos de las trincheras, pero lo que es seguro es que sabrán de nosotros.

Sabrán que un día fuimos dos artistas inexpertos capaces de convertir las cicatrices en arte, sabrán que llevábamos tatuado nuestro roce en cada poro de la piel, que un día llegamos a ser el vigésimo primer poema de amor de Neruda, que simplemente éramos dos aviones de papel jugándose la vida intentando volar en un cielo de fuego.
Nos recordaran por el olor a café y tabaco que dejábamos en las calles, con el que las perfumábamos cada mañana, quizá de sabor amargo pero adictivo, porque nos gustaba inhalar nuestro propio humo. Sabíamos que éramos la mejor nicotina que existía, aunque también éramos conscientes de que cada calada podía ser la última. En el fondo sabíamos que solo aspirábamos a convertirnos en lo mismo que los cigarrillos, en cenizas.

Pero nada de eso nos importaba, porque nunca fuimos unos versos inequívocos o correctos, más bien fuimos las estrofas de los poetas a los que acaban fusilando, por ser reivindicativos, revolucionarios, por no ajustarse a la norma, pero no nos importaba acabar sangrando arte, que al fin y al cabo era lo único que circulaba por nuestras venas, lo único por lo que nos podían condenar.

Y ahora seremos recordados por nuestro caos, por las sábanas revueltas y los restos de los cristales rotos esparcidos por el alféizar de la ventana, por intentar escapar de nuestras propias jaulas. Seremos recordados por sentir, por soñar con fronteras prohibidas.

Pero la única certeza es que quedaremos escritos, en alguna parte, tal vez con miles de faltas ortográficas y puntos suspensivos en cada capítulo, pero sabrán de nosotros.

Sabrán que, aunque ya no seamos, un día, fuimos.




Comentarios